Los Estados Unidos de América eran ya un país con una configuración política muy particular cuando México dejó de ser la Nueva España en 1810. Y si bien estaba a más de un siglo de comenzar a ganarse una reputación como potencia mundial, una cuestión muy peculiar diferenció la tempana identidad nacional de ambo países. Ya que por una parte los Estados Unidos que no fueron una sola Colonia, sino un grupo de colonias de diversas potencias europeas desde su génesis se dieron cuenta del valor de la diversidad de pensamiento, generando menos animadversiones o fobias a sus diversos colonizadores como los británicos, holandeses, etc. En contraste de lo sucedido con México donde la idea del pasado virreinal generaba una hispanofobia en la clase política y con ello se abrieron, aunque no lo suficiente diferentes ideas de a qué país queríamos parecernos.

Hasta que llego determinado momento en que nuestra clase política decidió que deberíamos parecernos a nuestros vecinos del Norte y la Constitución de 1857 fue el parteaguas de la institucionalidad en México, también se encontraba influenciado por el pensamiento federalista y democrático de los Estados Unidos. Pero para ese momento México y los Estados Unidos, aunque tenían el mismo nombre, la diferencia del apellido se reflejaba en todos los aspectos de la vida pública floreciendo en gran parte de la clase política estadunidense el anti-mexicanismo, y en el caso mexicano la gringo fobia.

Las fobias comenzaron a hacerse de lado en primer momento cuando se hecha andar el programa y braseros en 1942, con el propósito de reforzar la escasa mano de obra de los Estados Unidos que se encontraban en luchando en la segunda guerra mundial. Este programa que tuvo una duración de aproximadamente 24 años fue un cambio paradigmático para ambos países, ya que durante este lapsus se manifestó en un bono demográfico de 4.5 millones mexicanos principalmente en los estados de California y Texas.

Pero fue la firma del Tratado de Libre Comercio de América Norte lo que cambió para siempre las relaciones entre nuestro país y los Estados Unidos. Y desde entonces el tratar de influir discrecional y respetuosamente en los resultados electorales se tornó una agenda para México. En 1992 el Presidente Carlos Salinas de Gortari con el propósito consolidar el proyecto económico de NAFTA del cual eran escépticos tanto el candidato demócrata Bill Clinton, y el magnate Ross Perot que jugaba como candidato independiente. (Salinas) apostó a la reelección entonces Presidente norteamericano George H W Bush, quien resulto derrotado por Clinton.

Acontecimientos como estos sin ser esto una justificación ni mucho menos, si pueden explicar la apuesta que llevó a cabo en 2016 cuando el Presidente Enrique Peña, invitaba a dialogar al entonces candidato republicano Donald Trump quien para el gobierno de México este ultimo era la opción más viable para la renegociación del TLCAN que terminó en la firma de T-MEC en 2018.

Estamos a unos meses de ser espectadores de una contienda política en los Estados Unidos entre Donald Trump y Joe Biden, donde el resultado de la contienda tendrá repercusiones para México y para los mexicanos que viven en los Estados Unidos. Intervenir en el proceso electoral no es una opción, pero se debe emprender una estrategia diplomática que permita dialogar empáticamente, sin ser impertinentes en las cuestiones internas de nuestro principal socio comercial.

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