Por: Manuel Alejandro Eulloqui Moreno*

Lo que va del gobierno del actual Presidente de la República tiene balances discutibles en diversos rubros de la vida pública nacional; es poco sensato pensar que todas sus acciones o políticas sean equívocas, sin embargo, al corte de caja al día de hoy, el gobierno se encuentra desorbitado y perplejo en los dos más grandes problemas que enfrenta nuestro país: seguridad y economía, sin menoscabo de las demás promesas de “Cambio Verdadero” que tanto pregonaba el Presidente López Obrador y su séquito de aplaudidores.

La aceptación democrática que tuvo al arribar al gobierno se convirtió en arrogancia política al momento de gobernar, y comenzó un espectáculo de resentimiento a un sistema político y económico con sus propios vicios, pero también con virtudes innegables construidas por medio de demandas ciudadanas que terminaron convirtiéndose en amplios consensos que se fueron logrando de manera gradual y donde cabían, en mayor o menor medida, gobiernos, partidos políticos, miembros de la sociedad civil, académicos prestigiosos y centros de pensamiento nacionales y extranjeros. Durante tres décadas se construyeron nuevas reglas e instituciones que se han visto violentadas por perjuicios personales, generalizaciones imprecisas y corazonadas. Es pertinente mencionar que en estas palabras son trato de hacer una apología del Sistema, sin embargo, sí creo que por su propia supervivencia vale la pena replantear ciertos aspectos políticos y económicos de nuestro país y podemos abrir las posibilidades a una transición de Sistema.

El presidencialismo en México ha mostrado ser una forma de gobierno relativamente efectiva, pero desde 1997 nuestro país se había acostumbrado a mayorías parlamentarias insuficientes que se tradujeron en mayor diálogo entre las diferentes fuerzas políticas para realizar Reformas Constitucionales que pudiesen parecer demasiado arriesgadas para la estabilidad política, económica y social del país. Sin embargo, la idiosincrasia del político mexicano tradicional y la falta de un esquema de profesionalización legislativa fueron factores determinantes para no apostarle a la transición a un sistema parlamentario que generara un verdadero esquema de pesos y contrapesos.

El año 2021 puede ser un momento decisivo en el futuro del país, pero para ello es necesario que se establezcan nuevas reglas que realmente cambien el juego democrático. Sería interesante, por ejemplo, ver propuestas de legislación que permitan que, como en los países del Commonwealth, el responsable del gobierno se someta al escrutinio del parlamento y a la confianza que deposite o retire al proyecto de gobierno que se presenta, además de adoptar en México un Shadow Cabinet (Gabinete de Sombras) con los mejores cuadros del Congreso de la Unión en posiciones análogas a los Secretarios y Subsecretarios de Estado, con el propósito de elevar el nivel de la discusión política. De apostar por dicho esquema, en el 2024 podríamos ser partícipes de la primera elección para designar un Primer Ministro en México, y comenzar una nueva tradición y un nuevo sistema político que sin lugar a dudas sería más dinámico, más competitivo y más incluyente.

*Abogado con estudios en economía y administación pública. Asesor Financiero, Profesor Universitario y Secreatario de Organización del Instituto Reyes Heroles Michoacán

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