Por: Manuel Alejandro Eulloqui Moreno

Hace 100 años inició en los Estados Unidos una época de expansión económica y sofisticación de la sociedad respaldada en constantes procesos de innovación en los sistemas de producción y en la industria, lo que trajo consigo una enorme oferta en la cantidad y la calidad de los empleos, acompañada de una popularizada expansión del crédito y una política fiscal de circunstancias propias de la época, como petróleo abundante y barato de extraer, procesar y distribuir en un país que se estaba ganando en el mundo la reputación de potencia económica y política; a este período de la historia se le conoció como “Los felices veinte”.


Esta historia de gran prosperidad y bonanza económica se termina en el famoso crack bursátil de 1929, dando inicio a una crisis económica que se prolongó durante casi una década y que conocemos como la gran depresión, en la cual el desempleo era una situación generalizada, llegando a alcanzar a más del 25% de la población estadounidense. Pronto comenzaría a contagiarse la economía mundial de la enfermedad de la depresión norteamericana.
Una afirmación que muchos economistas e historiadores han hecho sobre él porque sucedió la gran depresión, es que derivó de una serie de factores entre los que destacan los excesos de los resultados económicos del futuro inmediato y mediato, acompañado de una laxa regulación financiera, expansión crediticia tanto en el mercado de valores, como en el consumo de bienes y servicios, pero sobre todo, la falta de intervención gubernamental en la situación económica por la que atravesaban indistintamente las corporaciones bancarias, las industrias consolidadas e incipientes, y la personas de todos los estratos sociales de la época. Y mientras el casi recién electo gobierno del Presidente Herbert Hoover trataba de explicar los motivos de la crisis, la economía se contraía en promedio en -10% año con año; en medio del caos económico y social llegaron las elecciones presidenciales de 1932, y con ellas, las promesas del candidato demócrata Franklin D. Roosevelt de implementar un Nuevo Trato, un “New Deal, Para la Nación Estadounidense”.
Cuando se habla del New Deal, los historiadores y politólogos sostienen que hubo 2 o 3 durante la administración Roosevelt, sin embargo, hablaremos del New Deal como un todo, ya que en los hechos fue tanto un recurso retórico y de simbolismos, como un conjunto de políticas y legislaciones orientadas a la recuperación económica por medio de un ambicioso y continuo plan para llevar a cabo una profunda restructuración del Estado y de su recuperación económica. Es importante poner en claro que la prosperidad de una nación se ve mejor reflejada en los indicadores de la microeconomía, que en los índices macros, sin embargo, no hay que perder de vista ni unos ni otros. En otras palabras, es tan importante la política social, como la política económica de una nación.

El New Deal fue un proyecto político, económico y social que sacó a los Estados Unidos de la depresión económica, y lo convirtió en una superpotencia mundial, por medio de la intervención gubernamental en obras públicas de alto valor agregado como la generación de nuevas fuentes de energía al crear la Tennessee Valley Authority en 1933, así como legislación como la Ley de Rescate Industrial Nacional o la Ley de Ajuste Agrícola. Aunado a ello, una mayor supervisión y regulación en la actividades financieras, crediticias y bursátiles, creándose instituciones como la Comisión Federal de Seguros de Depósitos (Institución análoga al IPAB México fundada en 1999) y la Comisión de Bolsa y Valores.


De la gran depresión aprendimos lecciones de suma valía: las economías y los gobiernos centrales se dan cuenta de que se encuentran rebasados, pero en su mayoría solo se dan cuenta de esta situación hasta que la situación rebasa a cualquier institución, cualquier proceso y cualquier liderazgo.
La sociedad en la que vivimos hoy en día requiere una reconfiguración política, económica, y social profunda y sostenible; el siglo XXI ya está pasando por una gran recesión, y a veinte años del nuevo milenio no hemos tenido un boom económico generalizado como el de hace 100 años. Apostemos como sociedad y como gobierno a configurar una versión actual del New Deal para que vivamos una nueva Belle Époque.

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