Sahuayo.-Pocos quedan vivos para contarlo de primera mano, sus hijos y nietos, al hablar de ello suelen exagerar las memorias escuchadas de cuando se tuvo que luchar y morir por el derecho a la fe; pueblos como Sahuayo, Cotija, San José de Gracia y Cojumatlán guardan todavía celosamente los recuerdos de las quemazones, fusilamientos y éxodos de imágenes religiosas que se dieron entre 1926 y 1929.

Aún flotan en el ambiente de esta zona limítrofe entre Jalisco y Michoacán los nombres que, en el ámbito local, se opusieron o apoyaron la llamada Ley Calles que buscaba reducir y controlar los centros de culto católico, se escucha hablar de vez en cuando del Diputado Picazo, La Chiscuaza, el Catorce, famoso por haber matado él solo a 14 soldados al escapar de una emboscada, Anatolio Partida y José Sánchez del Río que se convierten en protagonistas de una historia contada cien veces de cien manera diferentes y abordada por historiadores como Jean Meyer, Álvaro Ochoa y Luis González y González por citar algunos, quienes dieron una visión general y una visión casi particular de cada uno de los municipios involucrados.

La Región sureste de Jalisco y la Ciénega de Chapala son territorios que se funden sin sentirlo, territorios que se hermanaron durante un trienio por la fe y en los que quedan escondidos añejos rencores contra los municipios que tomaron el partido gobiernista o se mantuvieron al margen del pleito de Sotanas y Cananas, por ejemplo Jiquilpan que fue atacado por los cristeros josefinos, los de la tierra de la Tenencia de Ornelas donde hoy se levanta el industrioso San José de Gracia que lleva por nombre oficial el de Municipio de Marcos Castellanos.

Cojumatlán, Sahuayo, San José de Gracia, pueblos cercanos a Jiquilpan sumaron combatientes a la causa cristera desde diversos frentes, pues hubo quienes, en Sahuayo, velaron noches enteras armados para evitar que el gobierno de Calles tomara la iglesia del centro, otros y otras participaban en las labores de avituallamiento a los combatientes que se escondían entre las sierras y las arboledas de la Ciénega, en los cerros y cuevas que conforman el escenario donde, de vez en cuando se daban escaramuzas en las que cristeros, soldados y agraristas quedaban tendidos.

Non possumus…

Luego de la llegada de Plutarco Elías Calles a la Presidencia de la República en diciembre de 1924, al año siguiente, a instancias del gobierno y la burocracia se busca crear una Iglesia Nacional separada de la Católica, Apostólica y Romana promovida por el sacerdote disidente José Joaquín Pérez Budar y, derivado de ello, el Gobierno Federal comienza con la rigurosa aplicación de los artículos 3, 5, 24, 27, 32, y 130 de la Constitución General de la República; es de destacar, señala Luis González y González, en Pueblo en Vilo,  que la reglamentación del Artículo 130 dispone el registro y la reducción del número de Sacerdotes; al seno de la iglesia católica, de acuerdo a Jean Meyer, las voces se dividen entre los que buscan una resistencia activa por la vía política, otros por la perseverancia  constitucional y quienes optaban por tomar las armas, opción esta última que fue prohibida por los Obispos quienes, por otro lado dejaban la vía libre a la Liga de Defensores de la Libertad Religiosa a decidirse por la guerra.

Michoacán fue uno de los Estados donde la llamada Ley Calles comenzó a aplicarse con el cierre de escuelas y conventos así como los seminarios que funcionaban en Zamora, Morelia y Tacámbaro; de hecho el cierre del Seminario Conciliar de Zamora en marzo de 1926, orilla a que una veintena de jóvenes de San José de Gracia regresen a su terruño en la puerta de la serranía que une y divide a Michoacán y Jalisco  y siembra la semilla de la insurrección de fe en la zona Sierra Sureste y Ciénega de Chapala entre los que se encontraba el ya Sacerdote Federico González Cárdenas a quien se considera como el líder moral de la resistencia contra las políticas religiosas del gobierno de Plutarco Elías Calles al grado de que los pobladores aceptan sin chistar todas las disposiciones del Clero Católico entre las que se encontraba la suspensión del culto el primer día de agosto del 26 aunque siguen ejerciendo su fe en espacios privados con mayor frecuencia aún que cuando podían hacerlo de manera pública, en ese mes ya los vecinos de Sahuayo habían dado las primeras batallas contra el Ejército Federal.

Después de múltiples escaramuzas en estados como Zacatecas y en otras regiones de Michoacán y del País, la Liga de Defensores de la Libertad Religiosa establece que el levantamiento se realice el primero de enero de 1927 y los campos de Jalisco, Colima y Michoacán se ven llenos de Cristeros comandados por Anacleto González Flores, en tanto, se dice que la totalidad de los dos millones de mexicanos que meses antes habían firmado el memorial dirigido al Congreso para solicitar la libertad religiosa estaban dispuestos a sumarse en los campos de batalla.

En San José de Gracia, apunta González y González: “La decisión de tomar las armas contra el gobierno reconoce numerosos empujadores. Según ellos, el empujón definitivo fue la entrada vespertina de la gente de Eufemio Ochoa (Jefe de la ‘Defensa Social’ de Sahuayo) Según ellas, lo que aventó a los hombres a la Cristiada fue la salida nocturna de Jesús, José y María” esto en referencia a que cierta mañana las mujeres notaron las pisadas de un niño, un hombre y una mujer que partían del templo y salían del pueblo mientras al interior del recinto, el espacio destinado a la Sagrada Familia estaba vacío; el Padre Federico logra entonces convocar adeptos de los municipios de Cojumatlán, Valle de Juárez y otros puntos para lanzarse al combate en 11 de junio de 1927 para entonces numerosas partidas de cristeros combatían en diferentes puntos del País.

La vasta sierra del Sureste de Jalisco y las enormes y extensa arboledas y cerros y cuevas de la Ciénega se convierten en territorio cristero en el que se dan pequeños triunfos y derrotas para los católicos mientras tanto, el Ejército Federal, encabezado en esta región por el General Juan B. Izaguirre ordena la quema de la población de San José de Gracia y ordenó a los sobrevivientes abandonar sus pueblo lo que originó que Mazamitla y Jiquilpan, que se mantenían al margen del conflicto, fueran los principales destinos de esta migración forzada :”Dondequiera los veían como apestados, y aun los que se compadecían de ellos estaban temerosos de proporcionarles trabajo; temían las represalias del gobierno” cita Luis González.

Sahuayo, el Santo y la herida que no cierra.

Para el visitante a esta región, de manera concreta al corazón de la Ciénega que forman Jiquilpan y Sahuayo no le dejará de sorprender la diferencia enorme entre las dos culturas y se si escucha a un poblador hablar del vecino municipio o viceversa, sabrá descubrir que pese a la pretendida cortesía entre los municipios existe una marcada distancia interpuesta por los propios pobladores y es justo eso lo que permanece aún como un resabio de la Guerra Cristera pues si bien el triángulo San José, Sahuayo y Cotija formaron parte activa de este movimiento, los jiquilpenses, al menos de manera general, se mantuvieron del lado gobiernista, actitud que nunca fue perdonada por los cristeros máxime que fue a un jiquilpense, Lázaro Cárdenas a quien se le encomendó pactar la deposición de las armas de los jefes cristeros que después fueron desapareciendo entre las brumas de la serranía o los fangos de la Ciénega.

Sahuayo se convirtió pues en uno de los referentes de este conflicto con uno de los episodios más intensos y del que se guarda viva memoria el martirio y muerte de José Sánchez del Río de apenas 13 años  por órdenes de su padrino el diputado cardenista Rafael Picazo luego de que el adolescente se hubiera dejado atrapar el plena batalla por ofrecer su montura para que escapara el jefe de los cristeros cerca de Cotija donde permaneció en cautiverio, trasladado después a la parroquia del centro de Sahuayo que el Diputado Rafael Picazo había habilitado como cuartel de las fuerzas federales y como establo en el que guardaba también gallos de pelea, animales que fueron sacrificados por el menor ante lo que consideró como un sacrilegio por la utilización del templo local.

Lo anterior desató la furia del político quien incluso se negó a aceptar el rescate pedido a los padres de su ahijado y ordenó su muerte; José Sánchez realizó la ruta del martirio sin las plantas de los pies que le fueron arrancadas a filo de cuchillo por parte de los soldados quienes le exigían que antes de morir renegara de su fe, ante la negativa del Mártir, este fue fusilado y sepultado en la fosa común del panteón local el 10 de febrero de 1928, tiempo después fueron retirados sus restos para ser depositadas en las catacumbas del templo del

Pese a que en el panteón local existe todavía el lugar donde fue sepultado el niño mártir, los restos de éste se depositaron por casi 50 años en las catacumbas del Sagrado Corazón en esta ciudad en la que la fecha oficializada de la muerte del menor fue el 10 de febrero de 1928.

Fuentes:

Bibliografía de Luis González y González, Álvaro Ochoa y Jean Meyer

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